A veces no necesitamos buscar algo nuevo, sino aprender a mirar un poco más lo que ya tenemos.
Hace unos días publiqué un carrusel que se llamaba “No mires una flor”.
Era un ejercicio bastante simple. Partía de observar una flor, separarla en partes, mirar sus formas, sus líneas, sus colores, sus proporciones. Dejar por un momento de pensar “esto es una flor” para preguntarme qué otras cosas podía encontrar ahí.
Lo armé bastante rápido y quizás justamente por eso me sorprendió tanto lo que pasó después.
Fue una de las publicaciones que más repercusión tuvo en los últimos meses. Llegó gente nueva, recibí comentarios, mensajes, preguntas. Y me quedé pensando:
¿Qué fue lo que conectó tanto?
Incluso tenía el carrusel armado desde hacía algunas semanas y dudaba si compartir algo así. Pensaba que quizás no iba a interesar.
Pasó todo lo contrario.
Y eso también me hizo pensar en algo que vengo repitiendo bastante: la importancia de hacer, probar y tener flexibilidad para escuchar los cambios que nos va pidiendo el propio proceso.
A veces una respuesta que no esperábamos también nos da información.
En este caso, me hizo querer profundizar en algo que hago desde hace muchos años y que hoy estoy intentando poner cada vez más en palabras.
Porque había algo engañoso en la aparente simpleza de ese ejercicio.
Yo pude armarlo en quince minutos porque detrás de esos quince minutos hay muchos años de observar, diseñar, dar clases, investigar, probar, equivocarme y volver a probar.
Un proceso de diseño textil no se resuelve en quince minutos.
Lo que sí podía hacer rápidamente era abrir posibilidades.
Hay cosas que hoy hago casi intuitivamente y que, sin embargo, fui aprendiendo y construyendo durante muchísimo tiempo.
Y quizás una parte de este nuevo camino que estoy recorriendo tenga que ver justamente con eso: poner en palabras y compartir algunas de esas formas de pensar para que otras personas puedan empezar a entrenar las propias.
Porque no se trata de aprender a diseñar una flor.
Se trata de aprender a mirar.
MIRAR MÁS ALLÁ DE LO QUE ALGO ES
La flor fue un ejercicio sencillo para mostrarlo.
Podemos dejar de verla solamente como una flor y observar cómo está construida. Separar sus partes. Descubrir una geometría, una repetición, una combinación de colores, una textura.
Podemos quedarnos con un fragmento. Repetirlo, agrandarlo, simplificarlo, cambiar su escala, superponerlo con otra cosa.
Y de pronto eso que parecía pequeño empieza a abrir posibilidades.
Pero podemos hacer esto con casi cualquier cosa que logre detener nuestra atención.
Una imagen. Un objeto. Una palabra. Un material. Una estructura. Una historia. Una sensación. Algo que encontramos caminando por la calle o una escena que aparece durante unos segundos en una película.
El punto de partida no tiene por qué ser extraordinario.
Lo interesante empieza cuando nos preguntamos qué estamos viendo ahí, qué de todo eso nos interesa y qué podemos hacer con lo que ya tenemos.
Hacer crecer una idea no siempre significa agregarle más cosas. A veces significa exactamente lo contrario: detenernos, desarmar lo que tenemos delante y descubrir todo lo que ya contiene.
EL OTRO DÍA VI UNA MEDUSA
Hace poco estaba mirando un documental con mi hija y apareció un animal transparente, parecido a una medusa. Después descubrí que era un ctenóforo del Ártico.
Era transparente y tenía unas pequeñas líneas verticales luminiscentes que recorrían su cuerpo. Parecían luces de Navidad diminutas y sutiles moviéndose sobre una especie de gelatina transparente.
Su interior, en cambio, tenía más color y se recortaba dentro de ese cuerpo casi invisible.
Me fascinó.
Y me pasó algo que me pasa bastante seguido: mi cabeza empezó a irse para distintos lugares.
La transparencia.
La trayectoria de las luces.
Lo que se veía por fuera y lo que podía verse por dentro.
La estructura interior.
La forma de flotar.
El volumen.
Las capas.
El movimiento.
Empecé a pensar qué partes podía tomar. Qué pasaría si las fragmentara, si algunas aparecieran de manera más literal y otras no. Pensé en formas transparentes que flotaran. En una prenda. En un objeto. En una lámpara. En algo modular. En una prenda donde distintas capas permitieran ver lo que sucedía en el interior.
Las luces verticales, los órganos, la transparencia, las capas podían empezar a formar parte de algo nuevo sin necesidad de reproducir una medusa.
Y la búsqueda podía abrirse todavía más.
Porque también estaba el lugar donde vivía.
El agua. La profundidad. Los colores. La temperatura. Los otros seres que convivían ahí. Las condiciones que hacían posible esa forma de vida.
Podría aparecer una paleta de colores. Y si me fuera todavía más lejos, sonidos, sensaciones, texturas.
Todo había empezado con una medusa.
Y no quiere decir que vaya a diseñar algo con medusas. Quizás nunca haga nada con eso.
Lo que me interesa es el recorrido que se abrió a partir de observarla.
Y ahí entendí hasta dónde podía llevarme algo que apenas había llamado mi atención durante unos segundos.
Y sé que esa manera de mirar se puede entrenar.
No para que todos veamos lo mismo.
Al contrario.
Para aprender a reconocer qué vemos nosotros.
HACERLE PREGUNTAS A LO QUE YA TENEMOS
Podemos probar con algo muy simple.
La próxima vez que algo te llame la atención, intentá por un momento dejar de nombrarlo solamente por lo que es.
Si estás mirando una silla, dejá por un instante de pensar “silla”.
¿Qué aparece?
Una estructura. Líneas. Uniones. Una forma de sostener. Materiales. Una proporción. Algo rígido y algo blando. Una sombra.
Si mirás una hoja, quizás aparezcan nervaduras, recorridos, simetrías, transparencias, cambios de color. Pero también podés mirar dónde crece, cómo cambia, qué textura tiene, qué sucede cuando se seca o cómo se mueve con el viento.
Entonces podemos empezar con tres preguntas:
¿Qué veo si dejo por un momento de pensar solamente en lo que esto es?
¿Qué elementos, cualidades o sensaciones encuentro ahí?
¿Qué es, de todo eso, lo que realmente me interesa?
Y después podemos seguir.
¿Qué pasa si lo agrando?
¿Si uso solamente una parte?
¿Si lo repito?
¿Si elimino información?
¿Si cambio el material?
¿Si lo relaciono con otra cosa?
No se trata de contestarlas todas ni de convertirlas en una fórmula. Son preguntas que pueden ayudarnos a movernos de lugar y descubrir posibilidades que al principio no veíamos.
A veces no necesitamos otra idea.
Necesitamos hacerle mejores preguntas a la que ya tenemos.
No hace falta salir enseguida a buscar otra referencia.
Primero podemos desplegar lo que ya tenemos.
Anotar palabras. Separar partes. Observar formas, materiales, colores, comportamientos. Mirar el contexto. Hacer preguntas. Investigar un poco más.
Una cosa empieza a llevarnos a otra y, casi sin darnos cuenta, alrededor de aquello que parecía una idea pequeña empieza a construirse una red.
Eso fue lo que me pasó con la medusa.
Empecé con un animal que me llamó la atención y, unos minutos después, ya tenía transparencia, luz, capas, movimiento, órganos visibles, flotación, profundidad, color, agua, temperatura, sensaciones.
La idea ya no era solamente una medusa. Había empezado a convertirse en un territorio para explorar.
Y recién desde ahí pueden aparecer nuevas conexiones: un material, una técnica, una forma, otra imagen, una palabra, una posibilidad que antes no habíamos pensado.
No porque estemos buscando asociaciones porque sí.
Sino porque ahora sabemos un poco mejor qué estamos buscando.
NO SIEMPRE EMPEZAMOS DESDE UNA IMAGEN
Y esto también es importante.
Podemos empezar desde un material.
Una tela extremadamente liviana puede llevarnos a pensar en movimiento, aire, superposición, transparencia.
O desde una palabra.
“Refugio” puede llevarnos a pensar en protección, interior, capas, cobijo, estructuras que envuelven.
O desde una necesidad.
Algo que necesita transportarse, plegarse, guardarse o transformarse.
También podemos empezar desde una técnica que queremos probar, una historia, una estructura arquitectónica, un recuerdo, un objeto cotidiano.
No hay un punto de partida correcto.
Porque explorar una idea no es conocer de antemano el resultado.
Es construir una red mientras avanzamos.
Probamos. Algo no funciona. Eso también nos da información. Volvemos. Cambiamos una parte. Encontramos algo que no habíamos visto.
Y de a poco empieza a aparecer algo que al principio no estaba.
O quizás sí estaba.
Pero todavía no podíamos verlo.
CONSTRUIR NUESTRO PROPIO ARCHIVO
Para hacer conexiones también necesitamos tener cosas para conectar.
Y por eso todos vamos construyendo una especie de archivo mental.
Ese archivo se alimenta mirando.
Abriendo libros. Yendo a una muestra. Mirando una película. Escuchando música. Caminando por una ciudad. Entrando a un mercado. Observando una planta, una casa, una prenda, un objeto.
Si tenemos la posibilidad de viajar, viajando.
Pero no hace falta irse a Europa.
Puede estar en una playa del Litoral, en una plaza el fin de semana, en el jardín de nuestra casa o en una calle por la que pasamos todos los días.
Internet también nos permite acercarnos a lugares, obras, archivos y culturas que quizás nunca podríamos conocer de otra manera.
Cada lugar tiene su propio universo: colores, sonidos, materiales, formas, costumbres, objetos, construcciones, naturaleza, maneras de hacer.
Todo eso va quedando.
A veces conscientemente y otras no.
Y puede suceder que mucho después algo de ese archivo vuelva y encuentre un lugar en una búsqueda nueva.
Por eso observar también es una manera de alimentar nuestro pensamiento.
Cuanto más aprendemos a mirar, más material tenemos para explorar y relacionar.
APRENDER A VER POSIBILIDADES
Creo que ahí está una de las cosas que más me interesa transmitir después de tantos años trabajando con procesos creativos.
No una fórmula para tener buenas ideas.
Tampoco una serie de pasos que garantice un resultado.
Sino herramientas que nos ayuden a ver posibilidades.
Esa mirada se construye observando, investigando, haciendo, probando, equivocándonos y volviendo a mirar.
Con el tiempo algunas de esas operaciones se vuelven casi intuitivas.
Algo nos llama la atención y empezamos a abrirlo.
Una pregunta lleva a otra.
Aparece una palabra.
Una forma.
Un material.
Una sensación.
Algo que ya estaba en nuestro archivo vuelve y encuentra un lugar.
Y quizás por eso hoy puedo hacer en quince minutos un ejercicio que, en realidad, tardé años en aprender.
No porque tenga una respuesta más rápida.
Sino porque aprendí a hacerme más preguntas.
Y eso me parece mucho más interesante.
Porque significa que no necesitamos esperar que aparezca la gran idea.
Podemos empezar con algo pequeño.
Algo que nos intrigue.
Algo que nos entusiasme.
Y empezar a explorarlo.
A veces aparece ese momento en el que algo que parecía pequeño empieza a desplegarse y sentimos:
“Uy, por acá quiero seguir.”
Ahí todavía no tenemos todo resuelto.
Pero tenemos una dirección.
La próxima vez que algo te llame la atención, probá no pasar tan rápido a lo siguiente.
Mirá un poco más.
Preguntate qué hay ahí.
Qué te interesa.
Qué partes aparecen.
Qué sucede alrededor.
Y, sobre todo:
¿Qué puedo hacer con lo que ya tengo?
Quizás esas primeras preguntas no te den inmediatamente una respuesta.
Pero pueden hacer algo mucho más interesante:
que empieces a mirar lo que te rodea de otra manera.
SI QUERÉS SEGUIR EXPLORANDO
Este artículo abre apenas una parte de un proceso mucho más grande que fui construyendo durante años.
Porque mirar es el comienzo.
Después viene algo todavía más interesante: empezar a construir con todo eso que encontramos.
En Tu universo ya existe reuní muchas de las herramientas y ejercicios que fui construyendo a lo largo de los años para acompañar ese proceso: encontrar relaciones, reconocer lo que se repite y empezar a transformar todo eso en un lenguaje visual cada vez más propio.
Si estas ideas te resonaron y tenés ganas de seguir explorando tu propia manera de mirar y crear, podés seguir explorando TU UNIVERSO YA EXISTE ACÁ.
Gracias por estar del otro lado.
Hasta la próxima.
Pau ♡
