Hay una frase que vengo pensando mucho últimamente: diseñar es decidir.

Puede sonar bastante obvia. Diseñar implica elegir colores, formas, materiales. Pero cuanto más pienso en mi propio recorrido, más siento que hay algo mucho más profundo ahí.

 

Cuando empecé Fauna no sabía exactamente cómo iba a ser Fauna.

Empecé haciendo carteras con telas que compraba, combinando materiales y haciendo productos bastante personalizados. Con el tiempo aparecieron las estampas propias, combinaciones que partían de un juego, otras formas de producir, determinados materiales, el cero desperdicio, los personajes, ciertas maneras de construir, procesos para optimizar tiempos, varias cosas que me ayudaron a resolver, dentro de Fauna, algunos problemas que eran recurrentes.

Fauna no apareció terminada. Se fue pareciendo cada vez más a Fauna a medida que fui tomando decisiones. Observando, ajustando, adaptando y volviendo a probar.

Y creo que ahí hay algo interesante.

Porque cuando tenemos una idea solemos pensar que nuestro trabajo consiste en encontrar la mejor manera de llevarla adelante y ahí termina la cosa. Como si en algún lugar existiera una versión correcta esperando que la descubramos. Pero, como ya dije, no existen recetas mágicas para los propios procesos, porque son propios, y cada uno se sumerge en el suyo.

 

Cuando todo es posible, decidir se vuelve más difícil

Cuando trabajamos para alguien, muchas veces ya existen condiciones.

Un cliente nos pide determinadas cosas. Una consigna nos pone límites. Hay un presupuesto, un material, una función, una fecha. Incluso muchas veces el cliente ya viene con imágenes, referencias o algo previamente construido.

El trabajo de un diseñador empieza entonces por interpretar todo eso: evaluar, investigar, procesar y proponer. Ir encauzando las posibilidades hacia aquello que creemos que puede funcionar para ese cliente dentro de un marco que, de alguna manera, ya existe.

Pero cuando el proyecto es propio, podemos hacer prácticamente cualquier cosa.

Y esa libertad, que parece maravillosa, muchas veces puede convertirse en una jaula que nos condiciona más de lo que nos libera.

¿Qué elijo entre todo lo que me gusta?
¿Qué dejo afuera?
¿Hasta dónde sigo explorando?
¿Cómo sé si algo pertenece realmente a lo que estoy construyendo?

Durante muchos años acompañé a futuros diseñadores a desarrollar proyectos y vi esa parálisis muchas veces. Cuando todo es posible, tomar una dirección puede ser dificilísimo.

A veces creemos que poner límites achica una idea. A mí me pasa casi lo contrario.

Cuando empiezo a decidir, aparece una dirección.

Y a partir de esa dirección puedo moverme.

No entra cualquier color, cualquier material, cualquier imagen o cualquier forma. No porque lo demás esté mal, sino porque quizás no tiene relación con lo que estoy construyendo.

Ahí aparece una pregunta que para mí puede ordenar muchísimo:

¿Qué relación tiene esto con lo que estoy construyendo?

No siempre vamos a tener una respuesta inmediata. Pero la pregunta cambia bastante las cosas.

Ya no estoy eligiendo solamente porque algo me gusta.

Estoy tratando de entender si esa decisión ayuda a construir una dirección.

 

Una decisión empieza a llamar a la siguiente

Lo interesante es que las decisiones tampoco viven aisladas.

Elegir una cosa modifica las que vienen después.

Un material cambia una forma.
Una forma puede modificar una construcción.
Un color cambia la relación con los demás.
Una técnica puede abrir posibilidades que antes no habíamos imaginado.

Por eso diseñar no es tomar una gran decisión inicial y después simplemente ejecutarla.

Es una sucesión.

Elegís. Mirás qué pasó. Probás. Algo funciona. Algo no. Ajustás. Volvés a decidir.

Y en ese recorrido la idea también cambia.

Para mí esto es importante porque le saca un poco de peso a esa sensación de que tenemos que acertar desde el principio.

Decidir no siempre es acertar.

Muchas veces es avanzar lo suficiente como para obtener nueva información.

 

Cuando la realidad empieza a discutir con la idea

Hay un momento del proceso que siempre me cautiva: cuando aquello que imaginamos tiene que convertirse en algo real.

Porque en nuestra cabeza todo puede funcionar perfecto, incluso si hicimos dibujos, bocetos o lo construimos en pequeña escala.

Después aparece la materia.

Cuando empecé a estampar las telas de Fauna quería un material con un aspecto bastante particular. Buscaba algo más técnico, plano, con cierto cuerpo. Había encontrado una tela que funcionaba muy bien, pero en un momento dejé de conseguirla.

Podría haber cambiado completamente de dirección, podría haber usado telas más genéricas, como las que usaba mi competencia, podría haber cambiado la calidad y podría haberme resignado.

En cambio traté de entender qué era lo que me interesaba de ese material.

Terminé usando un textil del revés, aprovechando su lado más plano, y agregándole los refuerzos que necesitaba para conseguir el cuerpo que buscaba, combinándolo con otros textiles que simulaban ese aspecto que tenía en mente.

No encontré exactamente lo que había imaginado.

Tuve que construir una solución con lo que tenía disponible.

Y para mí eso también es diseñar.

Hay una frase que apareció mientras pensaba todo esto y que me quedó resonando:

Hay que tener la capacidad de ver qué posibilidades tenemos con lo que tenemos.

Resolver no sucede después del diseño.

También forma parte de él.

 

Probar también es decidir

Muchas veces algo que imaginamos no funciona cuando lo hacemos.

Una tela no responde como esperábamos. Una combinación que parecía perfecta no lo es. Una forma necesita cambiar. Una estampa queda distinta sobre determinado material.

Entonces probamos otra cosa.

Pero esa primera prueba no fue tiempo perdido.

Nos dio información.

Nos mostró qué no funcionaba, qué necesitábamos conservar, qué podíamos cambiar.

Y acá hay algo del proceso de diseño que me interesa especialmente: pensar también sucede haciendo.

Probamos materiales. Hacemos prototipos. Movemos cosas. Cortamos, pegamos, dibujamos, descartamos. A veces necesitamos usar las manos para descubrir algo que desde la cabeza sola no podíamos resolver.

No necesito que todo esté resuelto para avanzar.

Necesito tener una dirección suficientemente clara como para poder mirar lo que sucede y volver a decidir.

Por eso hoy pienso que los límites tampoco son necesariamente enemigos de la creatividad.

A veces son exactamente lo que necesitamos para profundizar.

 

Aprender a mirar nuestras propias decisiones

Mientras escribía este artículo también pensaba en algo que está bastante relacionado con lo que quiero empezar a compartir desde Fauna.

Hay una decisión muy temprana que hoy puedo mirar de otra manera: el propio nombre Fauna.

Lo elegí pensando en un ecosistema. En especies que conviven con plantas, organismos y microorganismos; un universo vivo donde las cosas se relacionan, se adaptan, cambian y evolucionan.

Y con el tiempo entendí que esa idea también me había dado un territorio muy amplio para crear. No quería que Fauna quedara condicionada a una única especie, una única imagen o una única manera de hacer. Quería que pudiera funcionar como ese gran universo donde habitan cosas distintas pero, de alguna manera, respiran el mismo aire.

Hoy, mirando hacia atrás, veo que esa decisión también construyó una dirección. Me permitió cambiar, incorporar cosas nuevas y hacer evolucionar los productos sin que necesariamente dejaran de pertenecer a Fauna.

Durante muchos años acompañé proyectos de estudiantes. Mi trabajo no era decirles exactamente qué tenían que hacer ni resolverles el proyecto. Era mirar lo que estaban construyendo, hacer preguntas, detectar dónde algo podía desarrollarse más, señalar relaciones que quizás todavía no estaban viendo y ayudarlos a encontrar una dirección.

Hoy me interesa recuperar algo de esa experiencia, pero llevarla a otro lugar.

Pienso en quienes están construyendo una marca, un producto o un proyecto propio y quizás están recorriendo un camino parecido al que yo recorrí durante todos estos años.

No quiero darles todo hecho.

Tampoco creo que eso sirva.

Lo que sí me gustaría es facilitar parte del recorrido. Compartir herramientas que ayuden a evitar algunas vueltas innecesarias, a reconocer antes ciertas cosas y a hacer que el proceso pueda fluir un poco mejor.

Algo parecido a aquellas correcciones de proyecto, pero aplicado a proyectos reales que están intentando crecer.

Porque una parte enorme de aprender a diseñar no consiste en que alguien nos diga qué elegir.

Consiste en aprender a observar cómo estamos eligiendo.

 

Diseñar una dirección

Si miro Fauna hacia atrás, muchas de las decisiones que hoy parecen evidentes no lo eran cuando empecé.

Algunas cosas quedaron. Otras desaparecieron. Algunas decisiones abrieron caminos que sigo recorriendo hoy.

La identidad se fue construyendo así.

No como una respuesta que encontré de una vez, sino como consecuencia de muchas decisiones relacionadas entre sí.

Y por eso hoy no pienso el diseño como la búsqueda de una respuesta correcta, cerrada y definitiva.

Lo pienso más como la construcción de una dirección, un proceso que puede crecer, mutar, adaptarse y volver a cambiar cuando lo necesite.

Una dirección que se arma mientras hacemos, probamos, observamos, descartamos y volvemos a elegir.

Porque entre una idea y aquello que finalmente hacemos se abren muchas direcciones posibles.

Y esas direcciones están repletas de pequeñas decisiones y atravesadas por quienes las procesamos y funcionamos como filtro.

Algunas parecen enormes. Otras son casi invisibles.

Pero juntas van construyendo aquello que finalmente ponemos en el mundo.

Diseñar es construir una dirección: decidir, observar qué produce esa decisión y volver a decidir.

 

Gracias por leer.
Nos encontramos la próxima.


Pau